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Artículo publicado en Expansión:




Cuidados de Jardín

Creo que mi vecino esta empezando a odiarme. Lo veo por las mañanas muy temprano escudriñando mi jardín. Se asoma y observa sistemáticamente, como si pasara lista, las begonias, petunias; hasta las arizónicas.  Las mide mentalmente cotejándolas con las suyas. No sería necesario hacerlo, lo cierto es que a todas luces mi jardín es más bonito, frondoso y rico que el suyo.

Sin embargo, no hago nada especial. Quiero decir que no he hecho las inversiones que él, sucesivamente, año tras año, ha acometido y creo que ahí radica su enojo.

Hace tres años colocó un sistema de riego por goteo alrededor de todo su terreno. Todas sus plantas recibían idéntica dosis de alimento todos los días a la misma hora. Un año después sustituyó el goteo por unos aspersores de turbina que lanzaban gran cantidad de agua sobre las plantas. Las más ávidas, las que crecían más y las más grandes acaparaban mayores dosis que las demás. Al poco tiempo se dio cuenta de que aunque éstas crecían poderosas, el resto palidecía y en el jardín aparecían poco a poco claros que afeaban el conjunto. Entonces recurrió a unos especialistas que estuvieron varias semanas examinando la tierra, sus necesidades, los gustos del propietario… hasta realizaron un histórico meteorológico de la zona. Realizaron un estudio voluminoso que concluyó en un sistema de riego con detección de necesidad hidrológica por zonas y una resituación estratégica de microdifusores que lanzan nubes formadas por millones de gotas brillantes de agua.

Nada, mi jardín sigue siendo más bonito y sus flores parecen mirar envidiosas a las mías agachando sus cabezas ante el esplendor. Tengo que reconocer que en el fondo me da algo de pena y me gustaría ayudarlo pero yo no he hecho nunca nada especial. Todos los días cuando llego del trabajo, normalmente tarde, cojo una regadera y voy de zona en zona esparciendo agua en cada planta. A veces, las hablo, como si me entendieran, las pregunto, como si me contestaran, y en definitiva, siento que fueran parte de mi familia.

Supongo que es un reflejo de mi profesión. Llevo muchos años dedicado a los recursos humanos, he sido responsable de selección, después consultor de desarrollo y management y ahora coordinador de formación. En todo ese tiempo, he visto a directivos utilizar mil sistemas para gestionar a sus empleados. He visto estrategias que trataban a todos los empleados por igual, acometer gastos ingentes para aumentar la motivación, contratar a consultores especializadísimos que analizaban hasta el último detalle para crear políticas supercomplejas, sistemas informáticos que median el desempeño o asignaban tareas, he visto variables, invariables, ponderables y sobre todo, imponderables.  Y no digo que todo eso no valga, al revés es muy útil, especialmente cuando el jardín, -perdón la organización-, es grande,  pero a todo eso hay que añadirle la cercanía, la preocupación de un directivo, conocer a cada uno, escuchar y preguntar, involucrarse cada día sin abandonar a nadie, saber que todos y cada uno aportan algo al conjunto.

La labor de un directivo no debe ser la de contratar o negociar, la labor de un directivo es, y será siempre; dirigir.

En fin, volveré a hablar con el vecino y volveré a contarle mi secreto, pero supongo que como siempre seguirá sin hacerme caso, se enfadará aún más y continuará invirtiendo dinero.


El Derbi

Era su primer derbi. Apenas había entrenado a un par de equipos y ese año le había llegado su oportunidad. No era tarea fácil. El equipo estaba tan lleno de figuras que los medios los habían apodado la “constelación”. Sin embargo, llevaban varios años sin conseguir un solo título y eso había obligado a cambiar varias veces de entrenador y esta vez incluso de Presidente. Él sabía que había que cambiar al equipo pero tampoco había logrado que ficharan nuevos jugadores así que se enfrentaba a un gran reto: conseguir resultados con la misma gente que no lo había logrado en varias temporadas.

Todo el mundo sabía que eran capaces de conseguirlo, no en vano eran los mejores del mundo, pero algo fallaba. Algo hacía que no alcanzasen los objetivos. Uno por uno eran brillantes, un toque de balón maravilloso, una carrera prodigiosa, guapos,… lo tenían todo. De hecho, mirando el vestuario uno podía recopilar los éxitos de los últimos diez años: copas del mundo, copas de campeones, ligas, copas del rey y hasta tres balones de oro al mejor jugador.

Pasó la noche apenas sin pegar ojo meditando cómo hacerlo. Las primas o premios económicos por ganar un partido no significarían nada para aquellos chavales que ganaban 22.000 euros diarios. Más de lo que gana la mayoría de los jóvenes de su edad a los que apodan “mileuristas” en todo el año. Enfrentarse a su eterno rival tampoco era un gran aliciente teniendo en cuenta que se habían enfrentado al menos veinte veces con ellos. No había ningún título en juego y además quien más o quien menos tenía varios en su haber. Pero él sabía que tenía que conseguir algo que los motivara.

Se levantó muy temprano y acudió a las oficinas del estadio en el barrio moderno de la ciudad. Era la segunda vez que visitaba las oficinas. La primera lo hizo para firmar su nuevo contrato. No era un hombre al que le gustara codearse con los encorbatados ejecutivos del equipo. Los medios y la parafernalia le superaban así que él se centraba en el trabajo de campo. Su sitio estaba en la ciudad deportiva y en los estadios pero abajo, junto al césped. Ese día hizo de tripas corazón y se sumergió en los brillantes despachos donde se concentraban los departamentos de gestión del equipo. Tras hablar con el Director de Marketing, fue a ver al Responsable de Comunicación y con él fueron al Jefe de Seguridad, después salió de allí con una pequeña bolsa en la mano.

El resto de la mañana estuvo con el equipo calentando y tratando de que estuvieran concentrados en el encuentro. Por la tarde, cogieron un autobús que los llevó directamente al Estadio a través de las calles de la ciudad donde se agolpaban seguidores que los vitoreaban a diestro y siniestro. Era un día especial. Todo el mundo estaba atento al partido y las demás noticias se habían pospuesto al lunes.

Al llegar, entró primero en el vestuario y se fijó en sus caras. Estaban relajados. Era el partido más importante de la ciudad, llevaban varios meses en crisis, y ellos estaban relajados. Le hubiera gustado gritarles pero sabía que tampoco serviría de mucho. Entonces, les pidió que se cambiaran y pasaran a la sala donde normalmente explicaba la estrategia del equipo contrario.

Cuando, éstos llegaron apenas quedaban 45 minutos para el inicio del partido. Se sentaron en las sillas y les preguntó con tono firme:

- “¿Por qué jugáis?”

Ellos se miraron sin saber qué decir así que volvió a repetirlo:

-          “Vamos, decídmelo, ¿por qué jugáis?

El más joven, y nuevo en el equipo, se levantó y gritó: “Para ganar” El resto asintieron sin mucha gana. El mejor del equipo se levantó y dijo: “Para divertirnos”. Todos volvieron a asentir y empezaron a animarse.

El entrenador lo tenía claro. Ya no tenían que ganar nada y sólo pensaban en sí mismos. Apagó las luces y les dijo: “Recordáis cuando teníais diez años. ¿Qué hacíais entonces? ¿Recordáis cuando todo el tiempo pensabais en poder jugar al fútbol? ¿Quiénes eran vuestros ídolos? ¿Recordáis el primer día que os llevaron a un estadio y oísteis rugir al público? ¿Recordáis cuando gritasteis al marcar vuestro equipo? ¿Lo sentís? ¿Os acordáis?”

Un silencio clarificador invadió la sala. En ese momento, encendió el proyector y sobre la pantalla, donde normalmente veían las jugadas del equipo contrario, aparecieron imágenes del público del estadio. Niños pequeños con bufandas, pancartas, camisetas del equipo, caras pintadas… fueron apareciendo una a una, imagen a imagen. De todas las edades, razas, y condiciones, los niños estaban en el estadio y todos ellos tenían una cosa en común: lloraban.

El entrenador dejó pasar las imágenes durante cuatro minutos, después les miró y con voz suave y lenta les dijo: “Por esto jugáis y por esto entreno. Estamos aquí para que estos niños rían, sean felices y vean ganar a su equipo.
Para que algún día quieran jugar al fútbol y llevar la camiseta que lleváis ahora. Ahora quiero que salgáis a jugar y cuando creáis que no podéis correr más, cuando veáis a un defensa frente a vosotros, cuando veáis a lo lejos la meta contraria, mirad a vuestro alrededor, mirad al público y pensad en los niños que allí hay y lo que sentíais vosotros cuando lo erais y veíais a vuestro equipo”.

El resto es historia.

Muchas veces nos concentramos tanto en buscar formas para conseguir que los colaboradores hagan el trabajo que nos olvidamos de lo más importante: el sentido de éste. Todo trabajo, toda tarea, tiene un sentido y una razón para otros. La labor de un directivo, y de un entrenador, es hacer que quien lo haga sea consciente de ello.

 
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